Consejería de Derechos Sociales y Bienestar del Principado de Asturias
 

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Transformar el modelo de cuidados de larga duración. Hacia una atención centrada en las personas

Atención Centrada en la Persona

Desde la  Consejería de Derechos Sociales y Bienestar estamos liderando un proceso de  transformación del  actual modelo de cuidados de larga duración. Un objetivo ya presente al inicio de la legislatura que hoy, tras el enorme impacto de la COVID-19, cobra todavía más fuerza.

La pandemia que estamos atravesando, además de recordarnos nuestra vulnerabilidad  humana, ha visibilizado las debilidades y carencias de nuestros servicios y, con ello, la necesidad y la responsabilidad de proteger y permitir una vida digna a las personas más frágiles. Un cambio que sabíamos necesario pero que ahora se convierte en una prioridad.

Estamos, por tanto, ante la oportunidad de impulsar en Asturias el giro definitivo que se precisa en el cuidado de las personas adultas. Destacando y reconociendo las fortalezas y los logros alcanzados, que son muchos, pero sin ignorar los elementos esenciales que permitan avanzar hacia un cuidado realmente centrado en las personas.

¿Por qué es necesario este  cambio?

Cuando se propone un cambio de cierta importancia, lo primero es comprender su necesidad, tomar consciencia de lo que aporta a lo previo. En este sentido, más allá de la situación actual que ha provocado la Covid-19,  cabe destacar algunos motivos de fondo, no coyunturales, que lo justifican.

En primer lugar, es necesario porque en muchos de los recursos actuales, subyace una  visión del cuidado más centrada en la enfermedad y en la discapacidad que en las necesidades/capacidades de las personas. Ello conduce a que la persona se desdibuje,  que sus necesidades/capacidades/particularidades, lo que hace que todos seamos  “alguien único”, queden en segundo plano o difuminadas en una categorías diagnósticas o perfiles clasificatorios.

En segundo lugar, es necesario porque la mayoría de los servicios  existentes tienden a ser pensados exclusivamente desde la lógica de su  organización, buscando la eficiencia a través de sistemas rígidos y concibiendo la atención como la ejecución de una serie de tareas altamente estandarizadas. Lo cual,  con frecuencia, obliga a que las personas deban someterse a los dictados de la organización, viendo muy limitada su libertad cotidiana y deban adaptarse (resignarse) a servicios y rutinas que en ocasiones son muy distantes de lo que realmente necesitan, desean y de lo que les genera bienestar. Una situación que ha afectado y afecta, sobremanera, a los cuidados en entornos residenciales, todavía hoy muy anclados en modos de atención altamente institucional.

Conscientes de estas graves limitaciones, en las últimas décadas algunos de los países más avanzados en políticas de bienestar social, han transformado sus políticas en relación al cuidado de larga duración, poniendo en el centro a las personas y orientando la atención hacia  la protección de derechos, la calidad de vida y la autodeterminación personal.

No cabe duda de que el cuidado debe proteger a las personas, ofreciendo una atención integral en entornos seguros, pero  no se debe perder de vista que éste debe apoyar vidas que merezcan la pena ser vividas, en las que las personas puedan seguir tomando sus propias decisiones sin perder el control de lo que para ellas es importante. En el caso de personas cuya competencia para tomar decisiones se vea muy mermada, éstas deben ser cuidadas desde el respeto y mantenimiento de una identidad propia y desde la búsqueda del mayor bienestar. Desde esta perspectiva, la personalización de la atención es algo irrenunciable, para lo cual además de profesionales suficientes, formados y alineados en esta visión del cuidado, el acercamiento y la escucha a lo subjetivo y a lo emocional es ineludible.

Además es muy importante recordar que la atención centrada en la persona, un enfoque de atención cuya fundamentación es esencialmente de naturaleza ética, también cuenta con el aval de la evidencia científica que señala beneficios tanto para las  personas que precisan cuidados (mayor calidad vida) como para los profesionales y las propias organizaciones (incrementa la satisfacción profesional, disminuye el burn-out, mejora el clima laboral, aumenta la deseabilidad del servicio). Estamos, por tanto, ante una propuesta que es buena para las personas, en plural.

¿Cómo conducir este proceso?

Estamos ante un reto de enorme magnitud. Afrontamos un proceso largo y complejo que,  necesariamente, ha de ser realizado logrando la implicación de diferentes actores: personas mayores y con discapacidad, familiares, profesionales, responsables de servicios, proveedores de servicios públicos y privados,  organizaciones sindicales y colegios y grupos profesionales, entre otros.

Avanzar hacia un modelo diferente y exigente como el que se plantea no es una tarea sencilla. Todas y todos, desde nuestra experiencia profesional y también personal, lo sabemos. Incluso a veces nos llegamos a cansar de escuchar declaraciones que no llegan a calar  en el día a día de los servicios. Para que se alcance un cambio real es necesario transformar las actuales organizaciones, lo que requiere de un claro liderazgo, así como de la aportación, comprensión e  implicación de muchas partes, con intereses que en  ocasiones pueden entrar en conflicto. Esto implica la búsqueda de la participación a lo largo de todo el proceso (diseño, desarrollo y evaluación) de los diferentes actores del cuidado. En primer lugar, las personas que reciben cuidados y sus familias. Los y las profesionales son esenciales y precisan, verdaderamente,  un mayor reconocimiento y apoyos. Los responsables de los servicios deben estar comprometidos, alineados, contando con el respaldo de instituciones y entidades que lideren la transición.  El funcionamiento interno de las propias organizaciones debe ser objeto de revisión,  avanzando hacia relaciones más horizontales, basadas en la confianza, afianzando roles profesionales que busquen acompañar vidas y que no solo se limiten a ejecutar  tareas asistenciales.

A pesar de esta complejidad, estamos ante un reto que esta Consejería asume con responsabilidad y con la creencia de que es posible.  El proceso será largo y debe ser planteado desde objetivos a corto, medio y largo plazo. Debemos ir  construyendo y adaptando planes de acción que concreten medidas de un modo ordenado, coherente y progresivo.

¿En qué os proponemos participar?

Para conducir este tránsito, en primer lugar, es necesario consensuar los principales elementos que definen un modelo rector de atención centrado en la personas, de modo que la planificación, el diseño y la organización de los diferentes servicios se desarrollen en  coherencia al mismo, sin por ello renunciar a la necesaria diversidad y flexibilidad que el ámbito aplicado, la especificidad de cada servicio y cada territorio requieren. Para ello se está elaborando un Documento de Bases que desarrolle tres niveles complementarios de definición del modelo de atención en cuidados de larga duración a las personas adultas. El primer nivel, que es el punto de partida, hace referencia a la visión de las personas que precisan cuidados y en coherencia a los valores que deben fundamentar la atención. El segundo, ofrecerá un marco teórico rector de la atención  señalando los criterios y líneas de acción clave que orienten desarrollos operativos flexibles pero coherentes a los valores enunciados. El tercer nivel señalará los principales elementos en el diseño y la organización de los servicios para que éstos sean gestionados en coherencia con el modelo rector.

A su vez, se está trabajando en el diseño de un Primer Plan de Acción para la transformación del  modelo de cuidados de larga duración, apostando por un modelo ecosistémico y comunitario, que impulse la coordinación de los servicios, que priorice los cuidados y apoyos en casa y que permita una gradual transformación de los actuales servicios para alejarse definitivamente de los rígidos funcionamientos institucionales. Para ello, en una primera fase de escucha y de análisis de la situación, se están identificando una serie de áreas y líneas de acción prioritarias (comunicación/participación, prioridades en la planificación, formación, acompañamiento a los servicios en el cambio, innovación, modificación normativa o la evaluación de la atención) que articularán un conjunto de medidas destinadas a promover de forma progresiva y flexible itinerarios de cambio y mejora. Este primer plan se presentará próximamente como un documento de trabajo, abierto a una nueva fase de participación, tras la cual se redefinirán las medidas y para su posterior puesta en marcha se desarrollarán estrategias basadas en la coproducción y en el trabajo en red.

Abordamos, pues, un proceso que no solo afecta a la mirada y al hacer profesional, sino que implica un cambio cultural en el cuidado y una transformación de las organizaciones. Defendemos un modelo de cuidados profesionalizado y altamente posicionado en cuanto a valores, lo cual requiere  creencia y alineamiento, pero también compromiso responsable que se concreta en recursos suficientes, conocimiento, rigor y apoyo al buen hacer.  Todo un reto, tan complejo como necesario. Por eso debemos lograr que sea posible. No todo se conoce, no todo está escrito, quedan muchos asuntos sobre los que reflexionar, aprender e innovar.  Afrontamos un largo recorrido donde el paso de lo declarativo a lo aplicado es ahora, más que nunca, una necesidad inaplazable. Deseamos poder contar contigo, con vosotros, con vosotras, en este apasionante viaje que atañe al cuidado de personas, y por tanto, al conjunto de nuestra sociedad.

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